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Jorge Lacuadra

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Nacido en Santa Fe, Capital, en un año tan lejano como el ’71.
Recibido de Técnico en Escuela Industrial Superior, promoción del’90
Integrante de varios Talleres Literarios desde los 14 años.
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Pájaros de fuego

20/2/2008

Mujer de martes

Los martes son días de máscaras, en los que ella juega a amarlo y él juega a serle fiel. Los martes ella representa un personaje principal y frente al mismo grupo de amigos, cada tarde en el mismo bar, le dice las mismas palabras de seducción y él practica los mismos encantamientos. Ella mira su hermosa máscara, su masculino aspecto, él solo observa su rostro con curiosidad, sabe que a ella le gustan las tardes lluviosas, esas tardes lindas para agigantar la modorra escuchando un rítmico ventilador a lo lejos o revolviendo un café cargado mientras imagina como se humedece la gente en las viejas veredas desprotegidas y uno mismo, abrigadito, tibio y ensimismado en placenteras ensoñaciones, abraza por un instante la soledad y continua ignorando el pulso del reloj y el ajetreo de la ciudad, y escucha también como ruido de fondo las palabras de su amante y los ruidos amortiguados por el agua contra las ventanas de la ciudad, esa ciudad omnívora que diluye sus heces por las alcantarillas y desagües así como también se diluye su vigilia de las cosas sin importancia. Las palabras sin sentido aparente y sus hermosas pupilas dispersas callan una pregunta o dos y el devuelve la mirada, la observa con detenimiento pleno y ella se vuelve a sentir mujer de martes, otra vez, suspirando tal vez por ese amor que no alcanza del todo a comprender y retiene su mano sobre la mesa.

Él no la llama casi nunca, es solo como un animal que acecha desde la espera, es ella quien infaliblemente lo llama todos los lunes por las tardes y encuentra su predisposición intacta y se asombra de que él proponga algún tipo de salida, como siempre, como todos los martes. La primer parada por supuesto, es el bar, donde no están libres de encontrarse con amigos y conocidos y compartir juntos una copa o un café. Allí se colocan las máscaras y se aman, los amigos consienten esa feliz unión y todos representan la obra del día, el juego de las vanidades: ella amándolo de verdad y él solo interpretando un número y una incógnita. No permanecen allí mas de una hora, se buscan, se desesperan con las miradas. Él, como siempre, se ofrece a llevarla a su casa, obviamente, a la de ella no, le es más cómoda la propia y a ella le gusta esa débil iniciativa, piensa que nace de él, pero sabe que todo es un simulacro ensayado hasta el hastío, una rutina pactada por los dioses solo para los días martes. Ella un día, un martes común, le dice que no quiere ser más la mujer de los martes, se ha convertido solo en una amante de día fijo; ella ha cansado de ese sueño de sus tardes de verano. El le contesta que es así, que solo es así, que en verdad no hay otra los días jueves, ni los días sábados, solo es ella, la única, la de los esperados días martes, el resto de los días su vida esta vacía y transcurre en órbitas a su alrededor, ella no espera creerle solo escucha, sabe que solo a su lado se siente plena y feliz, tal vez espera que él reaccione y la abrace en ese cálido día martes de verano y le diga que mañana saldrán a caminar o que el viernes cenarán juntos, y callada esconde su mirada en el moreno cuello de él y sonríe en silencio cómplice de si misma.

Y entonces un día, ella, hastiada de los mismos crepúsculos repetidos y cansada de ser la mujer de martes, lo abandona, no acudirá a la cita. La decisión la toma en un día lunes, tal vez de un mes de abril, no viene al caso, pero ella prefiere precisamente ese día para no tener soportar un martes más a su lado y quizás para comenzar también a olvidar sus besos. Seguramente en el bar comentarán su ausencia y algún amigo de él lo mirará extrañado y tratará de comprender su mutismo o su frialdad. Sin embargo, él, espero su llamado hasta última hora de la tarde, incapaz de levantar el teléfono, incapaz de llamarla, como siempre acechando en silencio, como ella lo recordara siempre. Ella lo deja un día lunes, un hermoso día lunes de otoño, a comienzos de una semana nueva, en venganza premeditada contra hojas de almanaques y sueños de lluvia. Entonces, esa mujer que era solo martes deja de nombrar los días, guarda su máscara en el cajón de los vestidos grises y comienza a vislumbrar todos los rostros nuevos que danzan a su alrededor.

 

Mujer en un cafe

19/2/2008

Algunas ideas para comienzos de cuentos

Hace ya algunos años, conocí a un hombre que laceraba corazones por no poder dominar sus celos, un hombre que lastimaba todo lo que más amaba y aún continúa lastimando, en la distancia, en las miradas y en el recuerdo. Ese hombre es un poeta hastiado de soledades que ama y asesina a un mismo tiempo.

 

Ella cometió los dos errores clásicos que comprometen a los amantes impetuosos: el primero, olvido que una mujer no debe entregar promesas más allá de sus posibilidades o sus tiempos y el segundo extravío, que el hombre fatiga con demasiadas prisas sus deseos y se ahoga prontamente entre otros brazos y perfumes.

 

Él la abandonó una mañana de domingo, fue así, para ella, el día más largo de su vida. Limpió mil objetos innecesarios, cambió de lugar dos mil adornos y cerámicas, encendió y apago el viejo televisor un millón de veces, al fin descubrió que solo era mediodía y aún restaba toda una larga tarde sin voces ni portazos.

 

Un hombre sabe que por amor alguna vez ha recorrido más de diez mil kilómetros en el transcurso de una noche o un millón en la duración de una llovizna. Ha mirado muchas veces en un mapa las distancias increíbles que separan dos ciudades, dos puntos infinitesimales, dos hogares en conflicto, dos latidos de palabras.

 

Si ella mencionara una sola vez la belleza de esa tarde. Si ella no omitiera ningún detalle de ese río que aún murmura en mi oído. Si ella solo pidiera por un instante mi cabeza: yo, ciego de los siete velos, sin Herodes ni Herodías, sin princesas idumeas, me entregaría a mí mismo, manso y enamorado, en una bandeja de plata.

 

Él, por celos, tomó decisiones que siempre intentaron borrar su pasado. Nunca pidió fotos, jamás conservo una carta y nunca trato de recordar el perfil de un rostro ni el aroma de las flores que ellas tenían como preferidas. Él, por celos, creyó estar siempre en lo correcto y nuevamente cada viernes volvía a enamorarse.

 

Las palabras, cuando solo son palabras, suelen comprometer más de lo que aparentan. Uno dice las cosas por decirlas nomás y entonces la otra persona interpreta algo distinto y nos acusa de observaciones indiscretas o de atropellos indebidos. Las palabras, para dejar de ser solo palabras, deben tener aroma y gusto, y sonar como el chasquido de un beso.

 

Ella no quiso besarme cuando yo tenía doce años. Yo volví a besarla un día de marzo a mis cansados treinta y pico. Ella me dijo que siempre la había perseguido la sombra de ese beso en las nocturnidades y en los momentos de nostalgia, y que ya era hora de dejarse dar alcance. Yo prometí siempre recordar su rostro y sus trencitas con cintas de raso.

 

Él visita los chicos cada tres días, a pesar de que habían acordado de antemano que solo seria fin de semana por medio, ya que ahora reparte su poco tiempo entre el absorbente trabajo y un nuevo amor que le ata las salidas y sofoca sus tardes. Él la mira silencioso desde el sillón del living y recuerda, que debe llevarse algunas fotos para estar más cerca.

 

 Once Upon A Time

5/7/2007

Palabras suaves

A veces detrás de umbrías cortinas de lluvia se esconden la esperanza o el anhelo de mejores momentos y entre las nubes de cristal gritan pájaros simples, asustados por lo cotidiano. A veces de alguna vieja corona caen algunas perlas y hasta una pequeña mano abierta trepa un coro de nuevos soles olvidados o un regalo de flores sencillas. El mañana, entonces, se vislumbra como un futuro lleno de ansiedades o como un mundo oscuro sin símbolos, sin ilusionistas del cariño o la pasión, esa moneda de fuego. Y entonces, en su inexorable paso, el tiempo va enterrando su sofisma espontáneo de palabras suaves, esas que pronuncian los labios de una mujer en la memoria; alguien pretende modelar su propia música desgarrando el telón de la vida con sonido nuevo y comienza a reír buscando escapar a los esquemas ya preescritos. Entonces, todo esto es nacer, palpar la sequedad de una piel ante la luz y consumir las llamas que cercaron nuestra ausencia; es sacudirse las gotas de los dueños de esta historia, es ver al silencio deslizar su rostro sobre la superficie de los amores encontrados.

Pienso a veces en ciertas contradicciones, o mejor dicho ciertos enunciados que discurren sobre experiencias personales y que en conjunto parecen arrojar una estadística de soledades y de búsquedas. Mujeres jóvenes me han dicho “ No me importa si los hombres mienten, en definitiva es mejor pasar un buen momento, a menudo es más combustible y placentero” ¿Será porque ellas mienten también? He escuchados esas frases rápidas y he sucumbido a sus amores de verano, son como un incendio rápido al borde de un bosque exuberante: la devastación alcanza hasta el comienzo de la noche o hasta el principio de la caída de las aristas entre las sombras. Ciertas noches, bajo un cierto indefinido número de estrellas o en la pausa comprendida entre los neones parpadeantes, he caminado musitando sus nombres materiales y se me he dado olvidar ciertas palabras que deberían haber sido perdurables. Sus seudónimos en el mensajero pueden tener características de frescura y promesas, tal vez fragmentos de canciones de moda o jeroglíficos de sus impetuosos corazones.

La mujer de mi edad en cambio, escribo estas letras a los treinta y cuatro años, la mujer de mis mismos ciclos transcurridos, elige generalmente un precioso nick’s enunciando una especie de flor como emblema de su ser o en forma sencilla acorta su nombre verdadero o su apodo y nos ofrece una versión reducida de sus encantos. Mujeres de mi edad me han dicho “ Desconfío de los hombres, no me llegan sus aduladoras frases ni sus piropos contemporáneos y tecnológicos. No me hables hoy de amor ni de que un te quiero vale mucho más, todos tenemos ya una historia de treinta años caprichosos y voraces, tenemos hambre, pero no piedad” Mujeres de mi edad tienen un deseo excelente, provocan el temblor en la sábana y el satén, son hermosos ángeles apenas consumidos por la angustia y saben las palabras justas y los atajos que se deben seguir para provocar la sed de un hombre. Desconfían pero ansían la sombra y el abrazo, temen el desengaño en el atardecer y en la espina de la rosa, les pesa un retorno a casa en solitario, cerrar la puerta y fumar en silencio y mirar hacia ventanas empañadas.

Mujeres mayores me han dicho, que a sus más de cuarenta años han sucumbido a los festejos de homólogos cumpleaños y al transcurso de ciertas horas; es como un camino de huellas compartidas junto a una sombra o un recuerdo borroso de una historia lejana, y “ Es vano pensar a menudo y complicarse en la búsqueda del amor, es mejor tomar lo mejor que del momento se presenta, su perfume efímero y volátil” Acaparan a la mejor oportunidad, al hombre apenas adecuado, en vez de buscar un compañero, un asidero, un saliente al que pueden aferrarse, tal vez solo un momento, para ellas el amor es una caricia fuerte y de suspiro intenso. La dama mayor de cuarenta años es el incendio que consume el bosque por completo y renace casi indemne, tallos fuertes, sus brazos amantes, que envuelven y el perfume dulce y excelente madurado de experiencias. He observado mejores alegrías en esos rostros ya no jóvenes, sus risas exultan por un entendimiento del entorno y una comprensión de los demás y sus ojos expresan lo verdadero, lo que necesitan, solo es olvidable la falta de un cómplice adecuado, un hombre que verdaderamente las escuche y respete también sus silencios.

Ahora, revueltos mis negros cabellos por el viento, camino hacia el encuentro de un atardecer húmedo y lleno de espejismos, hay tonos rojizos entre los espacios olvidados por los edificios, y filamentos de nubes solo interrumpidos por algunos cables telefónicos y espléndidas enredaderas de verano. Ha cesado de llover y dejando atrás un cyber me sumerjo entre el gentío que relega al pasado el recuerdo de las gotas pero brinca sobresaltado ante la novedad del charco. El chat es un recurso prolífico y tenaz, se puede sucumbir una tarde entera o una noche insomne frente a una pantalla, tratando de adivinar el sentimiento del oponente, del sueño vedado del espejo digital. Quiero dejar de pensar en ciertas cosas, en algunas contradicciones como he dicho, el pensamiento uniforme me deja siempre así, cavilando sobre lo inquieta y diversa que es la realidad, un libro que se rescribe a sí mismo a cada instante, cada hoja una cicatriz mustia que perdura en el repaso de las horas. Tratando de interpretar misterios y el mayor de ellos entre mis palabras sobre un nombre de mujer escrito en esta historia, mujer que no es una sino todas, pues su género me asombra y vuelvo a mis interrogantes mil veces y pueblo mis apuntes de jeroglíficos eternos.

 Athenian Women

Amiga, el silencio

Ismael... dice:

Amiga. ¡Hola! ¿Cómo estás?

Sé que es de tristeza tu rostro hoy y observo que en tus ojos vive la lluvia, desearía abrazarte ahora, quiero estrecharte entre mis brazos y compartir tu pequeño llanto. El silencio nunca es buen viento, a lo mejor se lleva mis palabras y sepulta mis recuerdos sobre ti.

Ismael... dice:

Amiga. Quería decirte que te quiero.

Pero dime. ¿Te llegarán mis palabras?

A lo mejor no crees que yo te quiera así, a lo mejor es más fuerte mi ilusión que tu pasatiempo de días frente a un mensajero de Internet. Dime por favor. ¿Puedo quererte tanto, tanto, que perdone todos tus errores y quiera aún verte feliz? Dime y perdóname otra vez. ¿Quién será mañana quien acaricie en la distancia tus cabellos?

Ismael... dice:

Amiga. ¿Entiendes que yo soy también un solitario como tu?

Trato a veces de apartar las sonrisas que se encuentran a tu alrededor, quiero decirte que te quiero solo a tus ojos hoy, que estas palabras no solo sean pálido destello frente e tu mirada...

Ismael... dice:

Amiga. Sueño a veces con posar mi cabeza cansada en tus hombros morenos y tibios. Me gustaría que el día terminara así, aunque sé que el sol esta alto aún, a lo lejos, afuera, en el mundo. Buscaste hoy entre mis palabras tratando de materializar una respuesta y no quiero que descubras la verdad.

Ismael… dice:

Amiga. Que cuando estoy bien te estoy mintiendo y cuando te digo que estoy mal es solo para llamar tu atención y sonreír juntos por mis ocurrencias. Deseo que me recuerdes siempre queriéndote y olvides pequeñas situaciones en las que he caído por pereza o lentitud.

Ismael... dice:

Amiga. Te digo hasta mañana.

Sé que es de tristeza tu rostro hoy, observo que en tus ojos vive la lluvia y deseo abrazarte ahora.

Amiga

20/4/2006

En el regazo de la oscuridad

Me duermo, y es vano recordar entonces el cansancio de mis manos o el sudor de mi cuerpo viejo. A veces tengo un sueño, repetido y siempre sorprendente, puedo modificarlo removiendo mis miembros sobre el lecho o sobre una almohada inquieta, pero deriva siempre hacia los mismos puertos grises. Mi sueño, de tener ilusiones de vida, puede ser de tu color, de mi color o de ningún mustio matiz de este mundo, a veces lo escucho gritar bajo el arco óseo de mi frente y cierro los párpados aceptando la sombra de ese insecto misterioso. Encierro entre mis dedos un pequeño retazo de cielo y es inútil levantar las manos porque arañan puñados de aire donde culmina la visión de mis ojos. Mi sueño puede surgir bajo cualquier luna, en cualquier piedra vacía y simple; sus símbolos son los mismos, son emblemas de supervivencia o de eternidades cubiertas de prófugo rocío.

¿Sabes? No he visto crecer la silueta de la rosa, solo a ti te lo digo, y siento a menudo en la piel de mis manos que no puedo ser dueño del tiempo ni señor de las semillas que conocí bajo este nombre, no puedo forjar un futuro con jirones de una bandera que no contenga sueños vegetales y tendones de animales pequeños. Mi sueño habla con dioses negros, callados y solitarios, que conmueven mi alma de arcilla blanca que abraza la luna oscura. Entre estas horas de la nocturnidad descubro el silencio y para morir no es necesario correr a su encuentro, solo caminar en el horizonte por un momento con la magia de los hombres locos y buscar señales de pasajes socavados hacia el mar. Mi sueño es una llama que no quema pero daña mucho las ilusiones; es un viento sin tiempo que juega con la razón y se ríe de los esquemas repetidos.

Mi sueño, este que te cuento, se parece a mí, que aún recuerdo tu nombre antes de que me venza esta debilidad necesaria de mi carne. Mi sueño es mi prisión sin cadenas; y grito y maldigo ante esta maravilla del aquelarre de la noche. Rompiste un esquema muy tuyo hoy, nombrar situaciones que ya no son, recordar mis palabras de otros momentos y decir a mis oídos que la mansedumbre de mi carácter no es buena moneda de presentación ni de encantamiento. Sabes que no puedo vivir de ciertos recuerdos, uno o dos alejamientos de tu persona me hicieron valorar emplazamientos distintos y rostros diferentes, no mejores, tal vez solo nuevos, engañosos cromos de colores rutilantes y bordes dentados como un insecto filatélico. Cerraste violentamente el mensajero a las diez y cuarto de la noche, las frases quedaron inconclusas y una definición cayo estrepitosamente desde una pequeña frase truncada.

28/1/2006

El ocaso de un tiempo

Un sueño perfecto con cristales oscuros, líquidos antiguos solidificados sobre un afloramiento de piedras recién modeladas. Penumbras que se abrazan, que forman núcleos de sombras calladas sobre oquedades y orificios calcáreos, hay información en las pulsaciones de la materia, intervalos cósmicos de minerales que han caído, liberando a un cielo pequeño y denso de los colores opresivos de una tormenta fatigada. Un goteo monótono de vida oculta (supongamos que hay un estallido de primigenias bacterias en algún lugar o la sombra de un coral) comprendiendo una canción íntima que deriva hacia ningún lugar, hacia una medianoche de ideas incipientes. Estamos observando el comienzo de la obstinación de un mundo, el primer instante de soledad para la sílice y su brillo y el sol es una gran hoguera en el cielo, una mancha distorsionada de color nuevo que quema y vaporiza restos de humedad y nuevos líquenes.

Hubo un tiempo en el que la brisa sopló con nervaduras de fuego y La Tierra, joven aún, era un terrón seco y quebradizo, era como un cántaro roto y olvidado al pie de un pozo vacío (era, tal vez, un pedazo de barro y minerales esculpido por un artífice enojado y con hipo) ¿Dónde estaban los primeros pensamientos? ¿Quién concibió las primeras caricias? ¿Hubo también un origen para esas manifestaciones de la vanidad o el hedonismo? ¿Cómo deslizar un roce o palpar unos labios si lejos estaba aún la posibilidad de la yema de un apéndice digitado o al menos la certeza de una garra sensible? Podemos concebir como que había también una Internet en esos lejanos días, tal vez los sentimientos ya estaban en el éter pero no tenían los receptores adecuados y navegaban por las autopistas de invisibles comunidades, en espera del oportuno momento. El mundo tenía un entramado ya de sensaciones en el anterior minuto pero al igual que en el ahora los emisores eran impalpables y desconocidos entre sí. Derivaba ya sobre los elementos la incipiente mezquindad, el ruin egoísmo o su hermana casi inseparable, la burla, atributos que frecuentan con asiduidad a través de un mensajero de la red hoy en día, en las palabras o en las frases que no sabemos descifrar, o a las que asignamos un significado equivocado (a veces solo es por falta de atención, una sombra o una sonrisa pueden distraernos) Internet es primigenia, como la necesidad de estar todos conectados y la pantalla que deforma o entremezcla, en esos lejanos días la idea incipiente de la red ya estaba expresa, solo faltaban tal vez los personajes y la tecnología (pienso a veces que estos conceptos son anteriores al hombre, él solo es un canal que encausa y modela)

Leeré hoy, en tus líneas atropelladas y ansiosas, la mentira y la ceguera, tu pequeño error de no saber que a estas alturas te comprendo demasiado. Me dirás lo que no me interesa pero dejaras entrever que mi compañía ya es un pasatiempo de la semana anterior o una página más que relegas a la memoria tenue. Dejas atrás, para tu información, dos o tres paseos por un boulevard en sombras de la tarde, una carta incomprensible, el bigote de un gato blanco en los versos de un poema tosco y unos besos hambrientos. Debí decirte que me abandonarías prontamente, que tu lugar a mi lado era un sencillo entreacto no la obra pautada y el escenario vasto; debí, ahora estoy seguro, estar más atento a tu ausencia programada y menos a tu mirada de mujer pecado, deslumbrado también, pienso entre líneas, por las planicies de tu piel casi en llamas. Leeré hoy en el mensajero, el futuro ya es presente del ayer, una despedida que ya comienzo a doblegar a mis sentidos y una caricia que extraño en el mañana de tu nombre.

Una trama se desplaza, una matriz de información o una postrera nube en vana persecución de viejas tormentas, y concluye el movimiento de la danza terrible iniciada hace miles de años bajo el lamento de un sol más caliente y tal vez más inquieto (ese sol era un verdadero dios en esos días, ahora yace olvidado en lo alto y desapercibido del cielo) Un sentimiento absoluto en un amanecer en silencio, sin dueños ni señales de naufragios en la playa, sin el grito de la arena herida sobre esa playa, sin caminos que conduzcan peregrinos hacia el mar. El ocaso de un tiempo, el pasado que desaparece como tal, o el lento despertar del último mensaje, envuelto en lluvia sin cuerpo, sin la humedad de dioses nómadas; Aún falta mucho para el surgimiento de un color reconocido por la bruma y de un matiz que tiña de grietas blancas el grito de la piedra (asumo que son letras primitivas de una palabra) y quiebre por siempre el sonido del agua vieja.

13/10/2005

Espíritus cotidianos

Bajo el impulso repentino y solo, de un estallido de tiempo o tolerancia, conformamos la escasa historia presentada ante nuestros ojos, enunciando sobre la arena joven, un firmamento estéril o un sol errático de soledades. Así, cuando un pájaro empieza a querer conformar un mundo para que simplemente admiren su vuelo, el viento busca aliados para forzar su marcha a la caída, a la derrota.

Aseguraban los antiguos, debido a las falencias de sus conocimientos anatómicos o a su oscuridad religiosa, que después de acaecida la muerte el ventrículo derecho del corazón permanecía lleno de sangre, no así el izquierdo el cual, escaso del fluido vital, se presentaba como una oquedad muscular vacía, habitada solo por poderosos espíritus interiores. Nada les hacia prever lo que más tarde Williams Harvey demostraría con su demostración de la circulación de la sangre, en la que tomaban participación arterias y venas y la posibilidad cierta del no retorno de la sangre luego del fallecimiento del músculo cardiaco, dejando el ventrículo izquierdo en mano de antiguas deidades o señores de lo oscuro.

Y así estaba mi corazón en esa noche, habitado por espíritus de lo cotidiano, una oquedad como un pequeño puño separando los pliegues musculosos de mi maquinaria humana. Mi encuentro contigo en el mensajero había sido el último, predestinado o no, sabíamos los dos que aunque las palabras sonaran vanas tenían su carga emotiva y su cariño. Eran el postrero alejamiento y aferrarse solo a los buenos recuerdos, creí oírte mencionar un puente sobre un lago y algo sobre un pato con un ala herida o faltante, el sol del medio día serpenteaba entre el follaje de árboles ancianos inclinados sobre el agua verdusca, yo te lo confirme con mis palabras. Tus frases hacían cosquillas terribles a los espíritus habitantes del vacío izquierdo de mi corazón y mis malditos diablos golpeaban paredes rojas en esa caverna de la emoción y el desencanto.

Traté, con quite parsimonioso de palabras de despedida, que en la lejanía de tu tristeza no abandonaras mi atención ni mi torpeza. Tus silencios eran eludibles y llevábamos mal que bien una conversación adulta, como tal lo había sido nuestra relación a pesar de ciertos caprichos de la sangre. Ciertas emociones no son válidas por Internet y el mensajero queda callado ante repetidos requerimientos de caricias y de abrazos, una distancia calculada para no cometer errores marginales. El vacío de mi pecho ocupado por la oscuridad de la noche y la osadía de no volver atrás sobre mis pasos; todo dicho ya sobre el blanco de la casilla de envío del mensajero, mil palabras o más para retirar mis dedos del teclado.

Entonces, si la noche no es dominio de la nada cuando limita la forma de las cosas; se disuelve el frágil saludo, de incontenible trino áureo, en la cascada de matices inconclusos o también, sobre la blanca música de una palabra.

3/10/2005

La continuidad del misterio

Hace un millón de años que agoto recursos en comprenderte. Fue primero a través de los sonidos primordiales, uno o dos ruidos con olor a lluvia y a oquedades de la piedra. Aposté después a una herencia oral de gemidos guturales mientras los paladares blandos eran aún estructura propia de pequeños animales. Continúe luego con una tradición relatada; de boca en boca, de hombre en hombre, llego a mis manos la pregunta por responder y comencé a volcar tu misterio por escrito en tablillas y lienzos vegetales. Te imagine entre los estandartes de batalla de un imperio en llamas y en el símbolo lapislázuli de una religión con lunas sangrantes, diosas con vientres prominentes y precipitaciones de cometas.

Diseñé tus vestidos en oro y azafrán y colme tus antebrazos de pulseras de jade domesticado; caminaste entre las columnas de mi templo cubierta solo por túnicas transparentes dejando entrever tus pezones orlados por el múrice y escamas de peces abisales. Me acompañaste en la caída de mi imperio, señalaste los leones en la arena y me pediste la cabeza de un esclavo o de un poeta. Más tarde, solo un poco más tarde, una inquisición o dos y una guerra o tres no consiguieron apartarme de tu lado; tuve que observarte de reojo entre las revoluciones y te subestimé tal vez en alguna tarde de conspiraciones y de odios.

Te encuentro hoy en la Internet, frente a mí a través de una pantalla de cristal, son las 15:30 Hs. de un viernes insípido y agónico. Otros pequeños humanos a mi derecha y a mi izquierda escrutan ansiosamente pantallas similares, han perdido algo en la maraña digital y lo buscan en el delgado espesor de la tarde. Mis interrogantes son y seguirán siendo los mismos, tu solo respondes que anhelan otros caminos, que te oprimo con mi sombra, que mi mirada vaga por otros paisajes y cornisas. Dices que a tu edad no puedes andar con juegos ni con suplicas, que el cariño es una moneda corriente en mi persona, que entrego este cariño como una limosna de la convivencia diaria. Encuentro tus palabras verdaderas y vuelvo a sumergirme en mis historias de un solo día y en mis caminos de nostalgias, así desde siempre, desde hace un millón de años.

22/9/2005

Un día de cualquier Otoño

Era un día de cualquier Otoño, era el mes cuarto que es abril. Caminé hasta la terminal de colectivos y mis pensamientos ese día trataban de comprar la palabra libertad, sopesar su antiguo precio y mientras pasaba raudamente por plazas y esquinas, juzgué las flores bajo mis pies y las semillas bajo la sombra llana que es la tierra, emprendimientos vanos de mi cordura en esa hora. Buscaba un lugar desde donde llamarte o abrir mi mensajero para poder contarte ciertas cosas que le ocurrían a mi alma.

Presentía que podía sonreír a todos, sin desmenuzar poco a poco cada número, cada hoja sin valor del almanaque, los días arrojados por un dios mezquino y capturar del aire mis caminos para devolverlos a su lugar de origen, el suelo quieto bajo mis pies. Avenida Córdoba era un torbellino de vehículos que ignoraban mi búsqueda de sosiego para poder sentarme a escribirte y comentarte estas pequeñas inquietudes mías sobre el comienzo de la noche, en el principio de los días frescos y tranquilos.

Era un día de cualquier Otoño, era el orden noveno de la creación para ese día. Canté en soledad por esas calles colmadas de peatones, infinitos taxis rozaban los faldones de mi campera, aquella canción que nunca me gustó y que comencé a olvidar despacio para comprender la ausencia de buscarla y abandonarla lejos de mi cuerpo. Hay quienes dicen que todos estos sentimientos no se pueden poner por escrito, yo encuentro la forma, yo puedo volcar mi letanía, mi hado y mi destino. Hay quienes dicen que el chat no da tiempo ni espacio para explayarse en estas vanas matemáticas de la conciencia, los desafío a escribir conmigo parte de este cuento y prometo ayudarlos es demasía.

Podía en ese día componer con mi propia carne, las estrofas irregulares de un poema nuevo y comenzar a narrar mis historias para que las comprendas de una vez. Podía olvidar ese día los bufones antiguos, las batallas perdidas, con luz tenue, en las que aprendí a amar, senderos sinuosos y perversos. Frente a una pantalla parpadeante ubique tu nombre de guerra entre los elementos online de mi mensajero, vacile entre apabullarte de palabras o solo decirte que hoy era mi cumpleaños. El destino quiso que tu memoria fuera digna de mi torpeza y me saludaste emocionada. Tuve que cambiar algunas letras para que no creyeras que me hallaba sumamente solitario y en tu espera, tuve que revertir algunas frases para que mis vacilaciones fueran imperceptibles a tu mirada.

Era un día de cualquier Otoño, y mi siglo tenia un año más. Estaba tal vez, alejándome de todas las perspectivas que dibujaban mis aristas hacia atrás, retrocediendo mis caminos para contemplar mi forma, valorar lo salvable y castigar necedades, puntos que no elegí o tal vez convendría dejar en el recuerdo. Era un año mas para mi tempestad; me despedí de ti capturando tu atención en otras cosas, te alejé de mí aún necesitándote con desesperación y prisas, olvide el tener tacto para alejarte de mí.

Entonces convertí mi figura en una más, caminado desde la salida de la terminal de colectivos, siguiendo un nuevo deseo, apartándome del pasado manifiesto, para comprender, para esperar un nuevo amanecer. Entonces mi saludo si mal no recuerdo te dejó conforme y tu creías supongo, que estaba acompañado; vuelta a comenzar de una mentira, un enredo más en los capítulos de mi historia, ya que solo estuve llorando por el precio de la palabra libertad.

19/9/2005

Gatos en la tarde

Soledad de gatos sin bigotes, quietos y adormecidos en silencio de la tarde. Susurros de pequeñas ramas entre árboles gigantes y callados.

A mi derecha, una ventana de cristales nuevos me dejaba entrever una pared de suave terminación, algo así como un viejo abanico japonés, una superficie manchada ex profeso en tonos verdes y ceniza. Me recordaba a un recodo del Viejo Río Amarillo, un tramo turbulento captado por el artista en donde solo se apreciaban los altos barrancos y redondeadas piedras rechazando la espuma de olas sucias y pluviales. Mi mirada se perdía en la escena recreada mientras el tiempo se me consumía en ese Cyber-café, tenia tantas cosas que decirte y solo conseguía posar la mirada en una ventana, tenía tanto que aclararte y solo imaginaba gatos en la tarde.

Te hablo de gatos viejos, observándome en la brisa de la tarde. Un minué de hojas trémulas desde árboles espectrales que tiñe el sol.

Había reservado tiempo para dedicártelo y conversar tranquilos, acercar tus palabras a las mías, lo que significaba estar conectados mediante el mensajero, ya que tu estabas en una cercana ciudad y yo en un día de trabajo liviano, esos días posteriores a un feriado o a un domingo de fin de mes. Había regateado tiempo a iracundos relojes para compensarte por anteriores mezquindades de mi poesía urbana. Supuse que ese esfuerzo retornaría a mí en forma de frases y sonrientes respuestas a tus interrogantes, no me percaté del lance cínico que me jugaban mis miradas, perdiéndose en lo inconmensurable de una ventana en abril.

Saludo a los gatos en la tarde, les regalo bigotes nuevos. Las hojas caducas se desprenden sin ruido, sin vida y caen lentamente hacia las raíces de los árboles.

Así transcurrió este minuto, esta hora vana, mi persona a través de la ventana mirando una pared y el árbol descascarado que en ella se apoyaba. Un gato de polvo y bronce recorrió el perfil de los ladrillos haciendo caso omiso de los abismos humanos vislumbrados. Pense que debería haber sido un mono, para hacer justicia al escenario nipón imaginado, no un felino desganado por la calidez de la tarde despanzurrando con sus garras la corteza y desapareciendo como una ilusión de mis sentidos. Sabias de mis distracciones particulares y lo atribuiste a que extrañaba tu presencia, algo de eso enturbiaba mi mirada pero mi soledad hablaba solo de mi escape por una ventana y mi carencia de palabras era mi reflejo en el cristal, engañándome, haciéndome burla, para olvidar la terquedad de mis silencios.

Acaba aquí mi melopea de gatos, de voces aterciopeladas en la tarde. Tu voz y la mía, una vieja cadencia de palabras. Seremos los dos como árboles sin hojas, dioses gigantes y callados.

 
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